Los nuevos esclavos

(Extracto de uno de los capítulos de mi nueva novela, sobre las aventuras de mi abuelo Daniel en la Guerra Civil Española)

El primer día que pisamos el cuartel de Salamanca, Antonio y yo fuimos asignados al Regimiento de la Victoria número veinticinco, quinto batallón, segunda compañía de Expedicionarios. Oficialmente pasábamos a formar parte de la congregación de los humildes sirvientes de nuestra nueva señora, la Diosa de la Guerra. Allí estuvimos desde principios de octubre hasta mediados de diciembre del 36. Durante todo ese tiempo nos limitamos a formar en el patio del cuartel o a hacer guardias nocturnas, con muy poca instrucción. Los contados fusiles a los que tuvimos acceso estaban siempre descargados, y las bombas de mano desactivadas. Temíamos que alguien descubriera nuestro pasado y nos delatara, por lo que no nos fiábamos ni nos relacionábamos demasiado con el resto de los reclutas. La mayoría de aquellos otros novatos eran de Burgos, Salamanca y Valladolid, zonas nacionales.

El 15 de diciembre nos enviaron a hacer una instrucción militar más específica a un precario campamento en la aldea de Foncastín, en la provincia de Valladolid. Del pueblo antiguo, ya abandonado, sólo quedaban una docena de casas medio derruidas y los restos de un castillo medieval. A la sombra de su única torre en pie se desperdigaban las tiendas de lona donde dormíamos. El coronel al mando del campamento situó su centro de operaciones en el altar de la antigua parroquia de la Asunción. En la cripta se construyeron unas celdas de castigo y los depósitos de armas y materiales. No teníamos fusiles para todos, aunque sí suficientes botas y ropa militar.

Un poco antes de Navidad, en los alrededores de la aldea empezamos la formación básica: teoría militar, saludo y protocolos para dirigirse a los mandos, maniobras defensivas y de ataque, manejo y disparo de fusil, o prácticas de lanzamiento de bombas de mano. Allí también tuvimos el placer de conocer por primera vez a nuestro teniente. Gerardo Lizarra era un maño implacable y déspota, fanático defensor del Alzamiento, enemigo acérrimo de la Segunda República y fiel seguidor del general Francisco Franco y de José Millán-Astray, aquel militar que poco antes, en la Universidad de Salamanca, respondió «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!» al «Venceréis, pero no convenceréis» de Miguel de Unamuno.

—¡No puedo creer lo que ven mis ojos! —nos gritó Lizarra durante el primer ejercicio de formación conjunto de la compañía— ¡Jamás he estado delante de un grupo tan penoso de inútiles, gandules, maricones y destripaterrones como este! ¡Despídanse de la vida, ustedes no ganarían una batalla ni contra un convento de monjas viejas, tuertas y cojas!

Lo peor de todo era que, en aquellos momentos, era muy probable que Lizarra estuviera en lo cierto. Incluso al respecto de la guerra contra el convento.

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