Primeros capítulos de «Manual de Supervivencia para conejos» (2026)

Prólogo
Dicen que muchas personas son capaces de recordar con lucidez los momentos más importantes de sus vidas cuando están a punto de morir. Al contrario que ellas, aquella aciaga noche, mi mente se había quedado en blanco. Aislado en una celda del penal y a escasas horas de enfrentarme al pelotón de fusilamiento, ya nada importaba.
Estirado en el camastro, podía notar como mi cuerpo era el escenario de una cruenta batalla entre escuadrones de arañas, piojos y chinches. Yo les dejaba hacer sin rebelarme contra su presencia, pensando que, al menos, ellos lograrían sacar algo positivo de mi desgracia. Intenté afrontar la situación con la máxima dignidad que me permitían las circunstancias. Mi anhelo final era que mis ancianos padres y la mujer que amaba me recordaran con cariño y orgullo. Mi conciencia solo aceptó concederme una mínima tregua cuando conseguí ahuyentar la mayor parte de la ira y del odio que me comían por dentro.
En unos tiempos en los que la violencia y el terror campaban a sus anchas, al menos me quedaba el consuelo de haberles plantado cara a la mayoría de los necios y poderosos que se cruzaron en mi camino, procurando siempre mantener la cabeza alta, la mirada al frente y el corazón fuerte. Por otro lado, era justo reconocer que ese temperamento me costó más de un disgusto, incluyendo la desafortunada serie de acontecimientos que habían terminado con mis huesos en aquel oscuro calabozo.
Respiré hondo y di una calada al cigarrillo que un carcelero piadoso me había pasado, ya encendido, por entre los barrotes. A través del ventanuco enrejado, contemplé la luna, brillante y enorme en una espléndida noche de verano andaluza. Ni siquiera derramé una lágrima al caer en la cuenta de que era la última vez que disfrutaba de ese cielo estrellado. Y solo entonces conseguí que mis recuerdos volaran libres.
Capítulo 1. Piedras, polvo y esparto.

Mi nombre es Daniel Francisco Romero Ontiveros. Nací el 19 de abril del año 1915 en Lúcar, un pueblecito del valle del Almanzora, en la provincia de Almería. Fui el último de una prole de once hijos, diez de ellos varones, de los cuales solo cuatro llegamos a la edad adulta.
Vivíamos en una casita de planta única, en la calle Las Piedras. Mi padre, de nombre José, trabajaba como guardia forestal en los montes que rodeaban el pueblo. Medía casi dos metros, algo bastante extraordinario en aquellos tiempos de pobreza y hambruna. Mi madre se llamaba Emilia, y no pasaba del metro y medio. Se dedicaba a las tareas de casa y a parir y cuidar de los hijos que mi padre le iba engendrando. Por desgracia para mí, en la altura salí a mi madre, mientras que en el carácter quien más me influyó fue mi hermano Pepe, quince años mayor que yo.
En Lúcar, a mi familia paterna los apodaban «Los Escalerillas», intuyo que por los escalones excavados en piedra que había que subir hasta llegar a la puerta de la casa de mis abuelos. La gente de mi madre era conocida como «Los Sacristanes». Ella y sus hermanas se encargaban de que todo estuviera preparado a la hora de celebrar la misa, y de mantener limpia la iglesia, situada muy cerca de nuestro portal. Además, tenían muy buena voz y cantaban en el coro durante la liturgia.
Eran tiempos difíciles, aunque, como mi padre tenía un puesto de trabajo estable y no dependíamos tanto como otras familias de cosechas, sequías o enfermedades del ganado, casi siempre disfrutamos de un plato de comida caliente sobre nuestra mesa.
Siendo el más pequeño, pronto presencié como mis dos hermanos mayores, Emilio y el ya mencionado Pepe, buscaban un futuro más allá del entorno poco prometedor que podía ofrecerles Lúcar. Mi padre estaba siempre por las montañas, y mi madre no gozaba de buena salud, así que de niño me cuidó, sobre todo, mi hermana María Jesús.
Recuerdo mi infancia como una época feliz, a pesar de las circunstancias. Para bien o para mal, parecía que los efectos de la dictadura de Primo de Rivera no acababan de llegar del todo a aquel rincón apartado de la sierra de Almería, así que supongo que mis primeras experiencias de vida no hubieran sido demasiado diferentes bajo un régimen político alternativo.
Cuando tenía ocho años, empecé a recoger esparto por el cerro de San Marcos para venderlo a unos artesanos que hacían cestas y otros enseres en base a la técnica del trenzado. Aunque así ayudaba con unos céntimos a la precaria economía familiar, detestaba tener que hacerlo, porque aquel trabajo me obligaba a despertarme al alba. Pero sobre todo porque mis tiernas manos acababan repletas de heridas y rozaduras mientras recogía las recias hojas de la planta. Y mi cara y brazos cubiertos del polvo seco de aquellas tierras áridas, una arenilla fina que se te metía por la boca, la nariz y cada poro de la piel.
Algunos días, acompañaba a mi padre al bosque, donde él solía talar las ramas de encinas, pinos, chopos o cedros. Al terminar, subíamos la leña al carro entre los dos, y la llevábamos a una subasta pública. Casi siempre se la quedaba el propio ayuntamiento por unas pocas perras. Otras veces me encargaban cuidar el rebaño de cabras de un vecino en unos campos cercanos.
Los días que no tenía que trabajar intentaba no quedarme dormido y llegar a tiempo a la escuela. A pesar de que no tuve la oportunidad de asistir demasiado tiempo, sí lo hice lo suficiente como para aprender a leer y a escribir bien. Me gustaba ir a clase, y era un alumno espabilado y atento. Nuestro profesor era el cura local, don Florencio. A veces, lo sustituía algún otro maestro rural que llegaba, daba la lección, atizaba con la vara a algún niño revoltoso —a imagen y semejanza del titular de la plaza— y se marchaba. Cumplía así una de las máximas en la docencia de aquellos años: «La letra con sangre entra».
Lúcar era un pueblo muy pequeño, en aquellos años no llegaríamos a las trescientas familias entre todas sus barriadas y pedanías. Yo era bastante popular de niño y de adolescente, seguramente por mis continuas trastadas, pero sobre todo porque era jovial y abierto en el trato con los vecinos. En la iglesia descubrí que la música aplacaba un tanto mis ansias de aventura y, como tenía buen oído —en eso también salí a mi madre—, pronto aprendí a tocar la guitarra española de forma básica.
Aparte de la escuela, la misa o el trabajo infantil precario, no había mucho más que hacer por allí para matar el tiempo. Por fortuna, tenía bastantes amigos, entre ellos algunos de mis primos. Recuerdo nuestros divertidos baños en la balsa de Cela, más o menos a una hora de distancia del centro del pueblo. Un lugar único, alimentado por fuentes termales desde el subsuelo, así que daba lo mismo remojarse en verano o en invierno, ya que la temperatura del agua siempre estaba entre los veintidós y los veinticuatro grados centígrados, hiciera el tiempo que hiciera, lloviera, nevara o el radiante sol de Almería estuviera en lo más alto del cielo en el mes de agosto. También me encantaba pasar algunas tardes escuchando las tertulias de la gente mayor en el casino.
Ya en aquellos primeros años, noté que habitaba en mí una especie de demonio interior que me hacía ser rebelde y extremadamente crítico con la autoridad, con aquellos que intentaban aprovecharse de los débiles y con los que zanjaban las conversaciones con un «porque lo digo yo». Me esperaban numerosos problemas a causa de ese carácter indomable.
Al salir de la escuela, solía volver a casa junto a mi buen amigo Ernesto Tapias. Otro niño del pueblo, un ser primitivo y por entonces bastante más desarrollado que nosotros, le tomó el gusto a interponerse en nuestro camino. Su nombre era Melchor Cabrera y disfrutaba insultándonos, burlándose de nosotros o robándonos los mendrugos, las piezas de queso seco o lo poco de interés que lleváramos en nuestro hatillo. Uno de esos días, empezó a atizarnos sin previo aviso, y acabó dándome una patada en el culo a traición, que me hizo caer de bruces y reventarme la boca contra el suelo empedrado, mientras un nutrido grupo de niños jaleaba el espectáculo, entre curiosos y divertidos. Ese día, decidí tomar cartas en el asunto. A la mañana siguiente, Melchor se cruzó de nuevo con nosotros, sonrió amenazante y nos mostró su boca mellada. Cuando llegué a su altura, antes de que me dijera nada, volteé mi hatillo y le aticé en la cabeza con todas mis fuerzas. Cayó al suelo, derrotado entre lloros y aullidos de dolor. Una herida abierta en la frente comenzó a cubrirle la cara de sangre. Salté por encima de él y me marché con tranquilidad, como si no tuviera nada que ver con el espectáculo. En el trayecto a casa, sin que nadie me viera, fui deshaciéndome uno a uno de los pesados pedruscos que había guardado en el hatillo. No sería hasta mucho más adelante cuando el canalla de Melchor consumaría su maquiavélica venganza.
Mi interés por el género opuesto se despertó a partir de los trece o los catorce años, como pasa de forma natural con cualquier chaval de esa edad. De vez en cuando, intentaba rondarle a alguna zagala, cuando esta se encontraba lejos del control de sus padres y hermanos. O del padre Florencio, que se esforzaba inútilmente por asegurar la castidad y la formalidad de sus feligreses. Debo confesar que, en mi caso, esos acercamientos pocas veces dieron resultado, más que un par de besos furtivos a la luz de la luna.
Así trascurrieron mis años de infancia: escasa en posesiones materiales, pero rica en experiencias vitales. Hasta que llegué a la adolescencia, el pueblo se me quedó pequeño y empecé a pensar en cómo salir de allí, tal y como habían hecho mis dos hermanos mayores con anterioridad.
Al final, tan sólo el más puro azar decidirá quién vive y quién muere. Aunque quizás morir no sea el peor de los destinos en esa nueva España oscura, triste y deprimida.
Capítulo 2. Barcelona republicana.
A principios de 1933, cuando aún no había cumplido los dieciocho años y creía —ignorante de mí— que ya sabía todo lo que debía saber, me marché a Barcelona, atraído por las promesas de trabajo y prosperidad que me iba dejando en sus cartas mi hermano Pepe. La ciudad bullía de actividad y en las calles se percibían los vientos del cambio tras la Exposición Internacional de 1929 y la proclamación de la Segunda República, dos años después. Una de las primeras cosas que me sorprendieron allí fue que las propinas estaban prohibidas por decreto, ya que algún comité decidió que denigraban al trabajador. Estoy seguro de que antes de llegar a esa conclusión no preguntaron a ningún camarero, barrendero o sereno de los que me encontré durante aquella temporada. A los pocos días de mi llegada, presencié cómo un grupo de anarquistas estrellaban un vagón del tranvía en la calle Muntaner, como protesta por los bajos salarios. Todo era desmesurado, señorial, brutal e impresionante; en especial para un campesino inocentón y recién llegado como yo.
Encontré pronto trabajo, asfaltando calles por un jornal miserable, aunque bastante superior al que podía ganar en el pueblo. Más adelante, entré a formar parte de una cuadrilla que construía edificios por el Ensanche. Vivía con Pepe; su mujer, María, y sus tres hijos; en la zona de Vallromanas del pueblo de Montornés. Mi hermano era de afiliación anarcosindicalista y lideraba el comité revolucionario local, pero sobre todo destacaba en sus facetas de aventurero, mujeriego y jugador profesional durante sus ratos libres. Él fue quien me introdujo en los ambientes canallas de la ciudad y en los placeres y peligros de la noche barcelonesa, republicana, libre y rebelde.
De vez en cuando, Pepe se embolsaba algún dinerillo extra participando en timbas ilegales de cartas. En ocasiones, perdía todas las ganancias de una noche durante la siguiente, o llegaba a casa con un ojo morado o un brazo en cabestrillo, señal de que la velada no había sido tan plácida. En el otoño de 1933, empecé a acompañarle a alguna de aquellas partidas clandestinas. Debo destacar una en particular, a principios de diciembre. Al acabar la jornada de trabajo, mi hermano vino a buscarme a la obra. Bajamos por las Ramblas y entramos en un destartalado bar del barrio chino. Al final de la barra estaba la puerta del almacén y, bajo la mirada condescendiente del dueño, nos dirigimos allí sin cruzar ni una sola palabra con el resto de los parroquianos.
Entramos en una estancia minúscula, iluminada por la luz tenue de una bombilla que colgaba de un cable del techo. Atravesamos la espesa neblina producida por los cigarrillos de tres figuras que esperaban en silencio, sentadas alrededor de una mesita redonda. Pepe se sentó en la cuarta silla, se sirvió vino de la botella que descansaba en el centro y se encendió su propio pitillo. Yo me quedé de pie, cubriéndole las espaldas.
—Este ha venido a aprender. No dará problemas —anunció mi hermano, señalándome con la mirada. Nadie puso trabas a mi presencia allí.
Aquella noche se apostaba al giley, un juego de baraja española parecido al póker. Pepe contaba mentalmente las cartas que se iban descubriendo, y así calculaba las probabilidades propias y contrarias de obtener el número mágico de cuarenta y un tantos que aseguraba la victoria.
La partida transcurrió en un ambiente agresivo, cargado de humo, vino barato e insultos al resto de jugadores, al dictador Primo de Rivera, al rey depuesto Alfonso XIII, a la casta militar o a la República. Llevaba la voz cantante un tipo de facciones duras, mandíbula cuadrada y ojos vivarachos que guardaba una pistola en el cinturón, aunque no se esforzaba en disimularlo. Iracundo ante una mala mano, escandaloso, gritón y de lengua afilada; desde mi posición, vi cómo echó mano al arma en un par de ocasiones en las que metió la pata con sus apuestas; por fortuna, sin llegar a sacarla de la funda. Al final, las aguas no salieron de su cauce y se dio la velada por concluida. Pepe perdió casi seiscientas pesetas, pero no parecía muy afectado al salir del local. Eran casi las tres de la mañana cuando, ya a solas, le pregunté:
—¿Te diste cuenta de que el tipo de tu derecha llevaba una pistola y que estuvo a punto de desenfundarla varias veces?
—¿No sabes quién era? —me respondió con otra pregunta.
—No. ¿Debería? —le dije, algo molesto.
—Por supuesto que deberías. Era Buenaventura Durruti.
—¿Durruti, el líder de la confederación nacional del trabajo, la CNT?
—Ese mismo. ¿Cuántos Durruti conoces tú?
—Vaya, tendrías que haberme avisado antes de entrar —protesté.
—Estas partidas son secretas, mejor no mentar a los participantes en voz alta. Las calles están ansiosas por escuchar, y nunca con buenas intenciones.
—De acuerdo, ahora lo entiendo. Discúlpame, es que me pareció todo un personaje.
—Daniel, creo a ciegas en ese hombre. Robaría, mentiría o haría cosas peores por él y por los principios de libre albedrío, propiedad privada y cooperación social que defiende —se sinceró—. Así que te lo voy a preguntar una vez más: ¿considerarías afiliarte al sindicato?
—Pepe, tengo claro que hay que cambiar el sistema, pero no estoy a favor de destruir el estado para conseguirlo.
—Qué mala pata la mía, resulta que me ha salido un hermano socialista —me interrumpió, con ganas de fastidiarme un poco.
—Pues si tú lo dices, que así sea —le contesté, muy convencido—. Y si el socialismo significa asumir una cierta intervención estatal que regule el mercado, distribuya mejor la riqueza y proteja a los trabajadores, entonces socialista soy y socialista seré. Pero no me pidas que emprenda una revolución para que todo salte por los aires, como queréis hacer vosotros.
—Eres libre de pensar como quieras. No obstante, ten en cuenta que sin revolución no habrá ningún futuro para la gente como tú y como yo. Hay que empezar por abolir el estado para promover la creación de una sociedad totalmente libre, autónoma y sin cadenas. Y todo eso solo te lo puede asegurar el anarcosindicalismo —zanjó mi hermano.
Caminamos en silencio hacia otro de aquellos locales de dudosa reputación. Allí pasamos en buena compañía las horas, hasta que amaneció y nos dirigimos a nuestros respectivos puestos de trabajo, sin haber dormido en toda la noche.
Nunca volvería a ver a Durruti, una de las figuras más relevantes del anarquismo español. Fue detenido pocos días después, el 13 de diciembre, y deportado a Guinea Ecuatorial. Volvió al país y murió al principio de la guerra, en un incidente poco claro con su propia arma, mientras defendía la ciudad de Madrid.
Durante todo el año 1934, Barcelona fue escenario de múltiples atentados, asesinatos selectivos, manifestaciones violentas o intentos aspiracionales de revolución y contrarrevolución, y yo empezaba a sentirme incómodo con el ambiente prebélico que se respiraba en la ciudad. Todo culminó el 6 de octubre, con la proclamación por parte de Luis Companys de un Estado Catalán dentro de la República Federal Española. A las pocas horas, el tímido intento de independencia fue sofocado por el general Batet, y Companys y su gobierno fueron detenidos, con lo que la situación se caldeó algo más.
Tan solo un par de días más tarde, quedé con mi hermano en el quiosco de bebidas de Canaletas para tomar un anís y volver juntos en tren a Vallromanas. Como no apareció a la hora acordada, lo estuve buscando un buen rato por nuestras zonas habituales de ocio. No fue hasta que oscureció cuando lo pude encontrar, tirado en un callejón cercano a la avenida del Paralelo, con la cara destrozada a golpes, moratones en los brazos y una pierna rota. Esta vez había pagado un alto precio por sus deudas de juego.
Pepe se recuperaría de esa paliza, pero para mí fue una señal de que, al menos por el momento, debía dar por finiquitado mi tiempo en Barcelona. Además, mi madre cayó enferma de bronquitis, lo cual me sirvió como una excusa perfecta para despedirme de él y de su esposa, pedir la cuenta en el trabajo y volverme a Lúcar.
