Libro de relatos «Historias para después de Jugar»

De entre todos los manuscritos presentados, mi relato «El salón recreativo» fue seleccionado por la asociación Dreamhack y la editorial Héroes de Papel como uno de los diez mejores, y por tanto fue publicado en esta antología, junto a los cuentos o historias de otros 9 autores. Todos los relatos tenían como temática común el mundo de los videojuegos, y «El salón recreativo» pretendía rememorar el ambiente cargado y extraño de aquellos vetustos -y en ocasiones peligrosos- salones recreativos de barrio.

Extracto

Pese al éxito de novelas como Ready Player One, la ficción en la literatura de videojuegos sigue siendo una cuenta pendiente. Novelas o antologías de cuentos inspiradas por el medio brillan por su ausencia, frente a la enorme cantidad de ensayos, monografías o libros homenaje que se inspiran en sagas, creadores, estudios o consolas de la cultura del videojuego.

Historias para después de jugar. Una antología de cuentos inspirados en los videojuegos pretende contribuir al llenado paulatino de ese vacío. En esta antología encontrarás diez relatos inspirados directamente por la cultura del videojuego y todo lo que la rodea más allá de los propios mundos ludoficcionales. Las aproximaciones, las premisas, los puntos de partida, son además ricos en forma y matices. Leerás historias que siguen la estela de Ready Player One y su inspiración en la realidad virtual y la distopía. Pero en esta obra hay lugar también para otros acercamientos. Se flirtea con la literatura negra, se abraza el thriller, se trazan historias que rinden tributo a un videojuego concreto o incluso a un género, pero hay también lugar para el realismo, para esos relatos que bucean en la memoria y se inspiran en el día a día de las personas.

Todos ellos nos hacen recordar la importancia cultural de los videojuegos, no solo para las generaciones más maduras, sino también para las más recientes. Una relevancia que ha superado ya la mera mercadotecnia y se ha convertido en referencia literaria.

Historias para después de jugar está prologado por Isaac López Redondo, e integrado por una magnífica colección de relatos escritos por diversos autores: Pedro D. Verdugo, Álvaro Arbonés, Alberto Porta Pérez, Tony Jiménez, Mª Pilar Vicente Martínez (alias Elein), Inés Alcolea LLopis, Enrique Ferrer Pérez, Rocío Rodríguez Ródenas, Víctor Lozano Martínez y Jacobo Cortés González. 

Lista de relatos

¿Cómo empieza «El salón recreativo»?

Aquella noche sonaban de fondo las noticias en la pequeña televisión de mi cocina. No les prestaba demasiada atención mientras acababa de cargar el lavavajillas, hasta que algo me hizo levantar la vista hacia la pantalla.

«Y aquí vemos como el general Alberto Espinosa, nuevo ministro de Defensa, es felicitado por su esposa en los jardines del palacio de La Moncloa…».

Por unos instantes me quedé bloqueado, hasta que una llamada de auxilio me hizo reaccionar. Aprovechando un ligero descuido de su madre, los gemelos habían vertido la mitad del bote de gel en la bañera, y la espuma ya se escapaba por debajo de la puerta.

Una vez solucionada la crisis, comenté a mi esposa que estaría un rato en el despacho antes de irme a la cama. Allí abrí el ordenador y busqué el nombre del flamante ministro en Google. La encontré en la segunda imagen, al lado de su poderoso marido, sonriendo a cámara con suficiencia, tan irónica y segura como siempre. Hacía mucho que su recuerdo se había esfumado de mi cabeza, y para ser justos debo reconocer que el paso de los años había sido generoso con ella.

Sucedió a finales de verano del año 1.987. Lo recuerdo bien porque aún hacía bastante calor y yo estaba a punto de comenzar tercero de BUP en el instituto. Me llamo Eduardo, pero en esa época todo el mundo me conocía como “Lagarto Juancho”, un personaje de dibujos animados. Por entonces odiaba el apodo, aunque supongo que no era del todo inapropiado, puesto que era más alto y desgarbado que la mayoría de los chavales de 16 años de mi entorno.

Aquel día iba andando por el barrio con uno de mis mejores amigos, Martín “Oso Pinone”, un muchacho de similar estatura, aunque más corpulento y rubio, con una apariencia física que recordaba mucho a la del pívot americano del Estudiantes. Bajo un sol ardiente nos dirigíamos al salón recreativo, un antro popularmente conocido como los futbolines donde nos encantaba dilapidar las monedas de 25 pesetas que habíamos logrado reunir durante la semana.

El local se encontraba a medio camino de una calle de pronunciada pendiente. Una vez dentro, un primer rellano rectangular albergaba a su derecha el cuchitril que el propietario había habilitado como lavabo público. Desde allí descendimos hasta la planta principal por unos escalones de terrazo, roñosos y oscurecidos por el tiempo, el polvo y las colillas. Justo antes de llegar abajo atravesamos la característica neblina alta del lugar: partículas de nicotina y alquitrán en suspensión, junto a un cóctel de otras sustancias sin especificar. Ante nuestros ojos se abría un mágico mundo de posibilidades para perder el dinero, la dignidad o cualquier bagatela que lleváramos encima. Pero éramos tan jóvenes que aún no habíamos aprendido a diferenciar entre aventura y peligro.

La pared de la derecha era nuestra zona favorita, puesto que albergaba en fila varias máquinas arcade, diversión asegurada y a años luz de aquellos juegos pirateados en cassette que no siempre lograba cargar en mi ZX Spectrum + casero. La frecuencia de rotación de aquellos muebles imponentes era bastante alta, y sólo un par aguantaban de la época en que había entrado por primera vez: un Phoenix y un Galaga, “marcianitos” (así es cómo les llamaba mi madre) primigenios con tablas de récords inmaculadas desde hacía mucho tiempo.

A continuación de los videojuegos, y alineados en la misma pared se encontraban los pinballs, también conocidos como máquinas del millón o petacos, grandes cacharros electromecánicos, luminosos y muy escandalosos. Yo procuraba no acercarme demasiado a ellos, dado que los movimientos espasmódicos de sus usuarios habituales podían provocar desde un ojo morado hasta una fractura de cúbito y radio por impacto de cabeza, codo o cadera.

La siguiente zona contenía una decena de futbolines de color granate de la casa Córdoba, normalmente controlados por el sector heavy. Al entrar aquel día notamos una cierta euforia entre el grupo de melenudos enfundados en vaqueros roídos y cazadoras tejanas o de piel. No era para menos, Ronnie James Dio había actuado hacía poco en la ciudad, y aquellos tipos todavía temblaban de emoción al hablar del gran concierto que su ídolo había ofrecido en el Palacio de los Deportes.

Pero no eran ellos los que me preocupaban. Al pasar la vista por la zona de las mesas de Ping-Pong presentí que aquel día habría movida. La banda del Tomate en pleno se había dado cita allí. Eran los tipos más tirados del barrio, despojos sociales producto de hogares disfuncionales, hijos de la droga, limitados mentales, delincuentes juveniles involucrados en mil problemas en la ciudad, expertos en trapicheos y adictos a las litronas Xibeca y a los canutos. Mala gente, en definitiva. La heroína los acabaría diezmando unos años más tarde. El sobrenombre les venía del líder, un tarado al que nadie otorgaba la más mínima opción de llegar a los veinte, como así fue. Al Tomate le faltaban varios dientes, llevaba el cráneo rapado y lucía con arrogancia varios tatuajes de calaveras en los brazos. Se decía que empezaron a llamarle así desde el día en que, acorralado frente a una tienda de ultramarinos, la emprendió a tomatazo limpio con los agentes de la policía local que intentaban detenerle.

Visto en perspectiva, los de la banda del Tomate eran, en realidad, unos cobardes: nunca les vi buscando problemas con el grupo de los heavys, más numeroso y poco dado a los vaciles en plena cara. Por eso, sus víctimas preferentes éramos los adolescentes que solíamos acercarnos allí, ya fuera solos o en pequeños grupos. Ese día no iba a ser una excepción, pero por el momento se limitaban a fumar, a gritarse y a atizarse entre ellos, medio en broma, medio en serio.

Donde comprar «Historias para después de jugar»

Esta antología de relatos puede ser comprada desde la página web de la editorial Héroes de Papel.

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