La soledad del desertor

Pasé dos días y sus dos noches solo y deambulando por los bosques entre el Monte de Urkiola y Ochandiano. Cómo había perdido el contacto con los míos, no quería acercarme demasiado al pueblo antes de tener la certeza de que estaba controlado por tropas amigas. Tuve suerte de conservar en mi zurrón algunos chuscos de pan y un par de latas de conserva, así como cierta cantidad de agua en mi cantimplora. Pero a la tercera mañana ya me había quedado sin provisiones.

Aunque intenté beber algo del rocío que quedaba a primera hora en las hojas de los árboles, no logré ver, y aún menos cazar, ni un miserable conejo para asarlo y calmar mi hambre. Tampoco una ardilla o un ratón de campo escuchimizado. Cualquier animalillo me hubiera valido. Desesperado por el trajín, por la incertidumbre y sobre todo por el hambre, por la tarde me quedé adormilado a la sombra de una roca, sobre un lecho de hojas secas. Me despertó un golpe de culata en el estómago, más malintencionado que agresivo. Levanté la mirada y vi a un grupo de soldados fascistas que se reían de mi situación.

Intenté explicarles que era de los suyos. Como era evidente de que no creían mi versión de la historia, se quedaron con mi fusil y mi zurrón, y me despojaron de mi cinto y de los cartuchos que quedaban en él. A empujones y entre chanzas y amenazas de fusilamiento, me llevaron en presencia de los mandos de su propia compañía. El teniente decidió encerrarme en unos calabozos de Ochandiano, por tentativa de deserción. De nada valieron mis argumentos ni mis protestas. Pensé que estaba bien jodido.

(CONTINUARÁ)…

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