La traición

Tras volver al campamento en las afueras de Lérida tuve un nuevo enfrentamiento con mi viejo enemigo Félix Gil. Sabía que él me estaba buscando desde hacía tiempo, pero siempre lograba escabullirme de su irritante presencia. Hasta aquel momento, en que me sorprendió mientras yo manipulaba unas cajas dentro del barracón del material.

—A ti tenía yo ganas de verte —anunció, tras seguirme y atrancar la puerta del almacén.

—¿Otra vez tú, Gil? ¡La madre que te parió, eres peor que un grano en el culo! ¿No te había dicho bien clarito que no quería más tratos contigo? Te lo pido por favor, sigue tu camino y déjame a mí continuar con el mío.

—Romero, quitémonos las caretas de una puta vez. Sé que tú y Antonio Cruz sois de izquierdas, aunque todavía no estoy seguro si sois unos pobres diablos, o unos astutos espías, o algo peor. Pero ten claro que vuestra farsa está a punto de terminar.

—No sé quién te habrá explicado esas tonterías, pero te ha mentido —le dije con tranquilidad, sin dejar de mover cajas por la nave, aunque con todos mis sentidos ya en alerta total.

—Nadie me lo ha tenido que explicar. Por ahora, dejémoslo simplemente en que lo sé.

—Y aunque así fuera, ¿qué vas a hacer, chivarte a Lizarra? ¿Crees que te va a hacer mucho caso, sin pruebas más allá de una acusación infundada y estúpida?

—Te aseguro que el teniente odia tanto a los rojos como yo, y que para decidir no necesitará ninguna prueba más allá de mi palabra. Y así yo ganaré un ascenso.

—¿De verdad necesitas hacer esto, Gil?

—Mira, Romero, estoy harto de servir rancho, de ser un don nadie y de ser humillado por el resto de la tropa, con vuestros grupitos exclusivos y ese compañerismo de mierda que os gastáis. Todo eso se va a acabar.

—Es curioso, yo creía que el respeto se ganaba respetando a los demás.

Gil prefirió no responder a mi comentario sarcástico y continuó con una oferta sorprendente.

—No obstante, es posible que no te lo creas, pero tú no me caes mal del todo. Me contento con que uno de vosotros dos caiga, y en realidad prefería que fuera tu camarada Antonio Cruz quien lo hiciera.

—¿Es que tienes noticias suyas? Desde que lo hirieron en Teruel no lo he vuelto a ver. Ni siquiera sé si está vivo o muerto.

—No, tampoco sé nada de él, ni me importa. Y precisamente, ese hecho cuenta a tu favor.

—¿A qué te refieres?

—Si me apoyas en una denuncia conjunta contra Cruz, estoy seguro de que el teniente nos otorgará una mayor credibilidad.

—Ni lo sueñes, ¿es que te has vuelto loco?

—Piénsalo bien. Al fin y al cabo, a él ya no le vas a perjudicar mucho, porque debes empezar a asumir que está criando malvas desde hace tiempo. Y apoyarme en este tema a ti te puede salvar la vida.

—Escúchame bien, sabandija inmunda: aunque tuviera la seguridad de que Antonio está muerto, nunca, y repito, nunca, diría o haría nada en su contra. Así que ya puedes marcharte de aquí si no quieres llevarte la paliza de tu vida.

—¿Con que esas tenemos? —me contestó con su lengua envenenada—. Cuando le hice a él la misma oferta en Gijón, diría que no tenía tan claras sus lealtades como tú.

—No intentes confundirme, Gil. Todo lo que dices es mentira. Antonio nunca me traicionaría.

—Sigue pensando así, y cuando menos te lo esperes, pobre imbécil, morderás el polvo, y habré sido yo quien te haya hecho la zancadilla y quien te pondrá el pie en el cuello para que no puedas levantarte jamás.

Al acercarme para darle su merecido, Gil se escurrió del almacén, como el perfecto cobarde que siempre fue: hiriente con las palabras, débil con los puños, rápido con los pies y certero con las incertidumbres que plantaba en tu cabeza cuando discutías con él.

Extracto de un capítulo de mi nueva novela «Manual de supervivencia para conejos» (En progreso, pronto más actualizaciones)

Saludos!

Pedro D. Verdugo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio