«Tras conquistar Barcelona, el objetivo principal de los franquistas pasó a ser la ciudad de Madrid, quedando Valencia como el otro foco importante por conquistar. Por su parte, la siempre precaria unidad republicana acabó de explotar en pedazos al perder la capital catalana, incrementándose el ya potente antagonismo entre comunistas y anarquistas. O más que antagonismo, animadversión.
A esas alturas, Rojo y Negrín sabían que la guerra estaba perdida. Su principal objetivo pasaba a ser el de negociar una capitulación para evitar más derramamiento de sangre y futuras represalias, algo a lo que se iban a negar rotundamente los inminentes triunfadores. Francisco Franco solo consideraba una rendición incondicional: «Victoria o Muerte».
Ajeno a todos aquellos movimientos políticos, decidí pasar uno de mis días de permiso en la ruinosa y deprimida Barcelona. ¡Qué gran diferencia con los tiempos efervescentes de la República! Paseé por las calles que asfalté entre el 1933 y el 34, ahora agujereadas con cráteres del tamaño de un camión. Se me rompió el alma ante las ruinas de los edificios que había ayudado a levantar, ahora reducidos a piedras, polvo y chatarra. La ciudad se preparaba una vez más para la tercera fase del infinito ciclo de la civilización: fundación, aniquilación, y reconstrucción. Miquel Mateu, el nuevo alcalde franquista, promovía una intensa labor de maquillaje en los barrios. Brigadas de limpieza retiraban los miles de toneladas de escombros y basura que sembraban las calles, foco de enfermedades, ratas y cucarachas.
La mayoría de la gente seguía allí por obligación. Los vi arrastrando los pies por las calles, con la cabeza encogida, la mirada perdida y melancólica. Las tiendas y los comercios que quedaban en pie permanecían cerrados en su mayoría; deprimidos y casi sin productos en sus estanterías el resto. En comparación, los entusiastas leales al nuevo orden dieron rienda suelta a su euforia después de tantos meses sin poder expresarse, exhibiendo su felicidad y su total confianza en la dirección que España estaba a punto de tomar. De los balcones colgaban banderas rojigualdas con el águila de San Juan y el lema «Una Grande y Libre», donde poco antes ondeaban orgullosas las tricolores de la República.
La represión esperaba en cada esquina, por cada calle, detrás de cada puerta. Los encarcelamientos y fusilamientos de los fieles al régimen anterior se pusieron a la orden del día. Se popularizaron las ceremonias de celebración de la victoria, las restituciones de santos, los desfiles militares, los funerales oficiales y las misas de campaña en altares al aire libre situados en plazas y avenidas. Se multiplicaron las exaltaciones religiosas y se forzó la españolización de la roja, separatista y vanidosa urbe.
Mis pasos me llevaron, casi de manera inconsciente, a aquel barrio chino que había pisado decenas de veces como escenario de las aventuras etílico-lúdicas con mi hermano Pepe, ahora ya oficialmente coronado —él, que era tan anarquista— como el bandolero oficial de la familia. Llegué a la puerta del bar donde conocí en diciembre del 34 a Buenaventura Durruti. Parecía abierto y entré. Tras la barra, un nuevo dueño, de rancio bigotito y pelo engominado. Aquella tarde los parroquianos eran sobre todo soldados franquistas, al parecer todavía celebrando la toma de la ciudad. Pedí un vaso de vino y me acodé en el otro extremo de la barra, pensativo.
El capitán que parecía liderar al grupo de militares se percató de mi presencia. Me miró de arriba abajo, y debió asumir que yo era civil por la pulcritud de mi ropa y por mi rostro lustroso y bien afeitado. Cuando por el rabillo del ojo vi que se acercaba, saqué del bolsillo mi permiso temporal y la identificación como combatiente del ejército nacional. No tenía ganas de ningún guirigay. Cuando comprobó el sello de los papeles, cambió el semblante. Entonces lo miré a la cara. Era más o menos de mi edad, flaco, no muy alto. Sus ojos brillaban de euforia. Vació lo que quedaba de una botella de vino en mi vasito, que no me atreví a rechazar. La doble ración de alcohol me ayudó a relajarme un poco. El tipo era bastante gracioso, tenía chulería y una chispa contagiosa.»
Extracto del capítulo 19 de mi nueva novela, «Manual de supervivencia para conejos».
Muy pronto, ¡más actualizaciones y noticias al respecto!
Pedro D. Verdugo
